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Sueñan los andoides (2015)

CAMIRA IN IBAFF 2015

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Ovejas eléctricas en un presente distópico

Los elementos que convierten a Sueñan los androides –nuevo largometraje de Ion de Sosa tras su ópera prima True Love (2011)– en una película fuera de norma son demasiado numerosos como para condensarlos en un texto de urgencia como este. El paso del tiempo indicará la verdadera importancia de este film, muy probablemente elevará su dimensión, aunque por lo pronto su representación de la realidad española se encuentra entre las más lúcidas y pertinentes de los últimos años.

Ion de Sosa se inspira libremente en la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, para construir una distopía apremiante, lúdica y turbadora a partes iguales. La acción se sitúa en el Benidorm de 2052, territorio reflejado como un no-lugar, un espacio desolador plagado de edificios a medio construir, habitado por gentes que parecen estar de paso en ese limbo alienado. El director trabaja con una imagen del presente –esa localidad icono de lo vulgar que tantas veces se ve reducida a su condición de reducto de ancianos extranjeros en vacaciones permanentes– para fantasear con el ocaso del planeta Tierra. La elección del espacio supone un hallazgo absoluto: ¿qué mejor lugar para plasmar el apocalipsis que la ciudad levantina? Benidorm se sitúa como epicentro de una decadencia extensible a todo un país, a toda una civilización.

Por fases Sueñan los androides toma el disfraz de géneros populares como el  thriller y la ciencia ficción –además de estar plagada de agudas digresiones cómicas– pero ante todo es una obra profundamente política. El escepticismo hacia el futuro que transmite Ion de Sosa funciona como espejo del sentir de esa generación que nació inmediatamente después de la Transición española. Jóvenes que al aproximarse a la edad adulta comenzaron a detectar (y padecer) las fisuras de un periodo considerado como modélico por sus antecesores –como demuestra la magnífica El futuro, dirigida por Luis López Carrasco, uno de los productores de Sueñan los androides–. El film nos lleva hasta un país que, lejos de avanzar, se ha visto envuelto en una inconmensurable regresión: la peseta vuelve a ser la moneda oficial, se llevan coches propios de los ochenta, la música que suena en los pubs de mala muerte también ha quedado congelada en el tiempo. Como principal novedad, androides llegados de planetas lejanos se relacionan con los humanos, tienen sexo con ellos, se someten a sus adivinaciones y acaban por ser asesinados. El devenir continúa siendo un enigma. A ese respecto nada ha cambiado, ya sea en el 2014 o en el 2052. El individualismo se mantiene como principal estigma de la sociedad. Como remedio, Ion de Sosa incorpora imágenes de su familia y amigos, a modo de contrapunto emocional. Filmaciones caseras de celebraciones (lo que incluye el propio rodaje, porque para él y sus cómplices el hecho de filmar es una reafirmación vital, una actividad imprescindible) se entremezclan con el fino hilo narrativo que envuelve a una joven pareja con un bebé, su amigo androide y a otro alienígena dispuesto a acabar con la vida humana.

A menudo se critica la tendencia  de los cineastas jóvenes de revelar el artefacto fílmico, mostrar a los miembros del equipo, por destruir “la magia del cine”. En el caso de Ion de Sosa, la decisión de exhibir a sus padres y a sus compañeros no debe leerse como un gesto nostálgico o como una estrategia de frialdad metalingüística, sino como la necesidad de inmortalizar esas presencias. Es un gesto emocional, expresado con la máxima sencillez. Además de López Carrasco, en su comunidad creativa participan, entre otros, Chema García Ibarra –co-guionista del film y  realizador de un buen número de cortometrajes de una marcadísima impronta personal–  y como cercana fuente de inspiración, César Velasco Broca –otro realizador portador de una visión incomparable e inclasificable–. Si hay algo que convierte a Sueñan los androides en una obra vibrante y fascinante es el indeleble apego que muestra hacia  sus orígenes  y su  tradición (tanto a un nivel íntimo como cultural). Esa actitud queda patente en cada uno de sus 65 minutos, en cada uno de sus frágiles y estimulantes  planos rodados en 16 milímetros. Ion de Sosa demuestra que la única manera de ser un visionario es no perder la referencia de lo cotidiano.

Javier H. Estrada